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viernes, 17 de enero de 2014

Hannah Arendt y la filosofía política utópica de revoluciones generadoras de Repúblicas sin contenido popular



Hannah Arendt y la filosofía política utópica de revoluciones generadoras de Repúblicas sin contenido popular


Nacida en Hannover - Alemania, en 1906 y fallecida en Nueva York para 1975. De familia judía. Estudió en Marburgo, Friburgo y Heidelberg y en ésta última universidad obtiene el doctorado en filosofía con Karl Jaspers. Hitler ya en el poder (1933), y como a muchos judíos, le inspiró su exilió hacia París, y de la Ciudad Luz salió en 1940 hacia Nueva York. Para 1951 se nacionaliza estadounidense.


En 1951 publica ‘Los orígenes del totalitarismo’, donde analiza el imperialismo siglo XIX y los totalitarismos del siglo XX y el antisemitismo. Estudia la noción de política en el mundo moderno, e igual hizo en su obra ‘La condición humana’ (1958).

Aristotélicamente conceptúa el carácter público de felicidad y libertad, que Hannah Arendt identificaba respectivamente con las revoluciones francesa y americana (‘Sobre la revolución’ de 1963), siendo que dichos conceptos aristotélicos ya no son aplicables en nuestros tiempos, la realidad fue y es más fuerte y poderosa que la racionalidad filosófica-política, por lo tanto Arendt construye una filosofía utópica y propia de una inexistente democracia radical sin soberanía.

Y sobre Hannah Arendt dice Habermas lo siguiente:

“Hannah Arendt quiere averiguar qué es lo que podemos aprender todavía de la política de Aristóteles y para ello la aplica a un fenómeno que a primera vista parece patrimonio exclusivo de la experiencia moderna de lo político: al fenómeno de la revolución. Y como este propósito lo lleva a cabo con una consecuencia (pag. 200) admirable, el libro resulta apasionante e instructivo. Sobre todo nos enseña cómo un filosofar, que en otro tiempo abarcaba el todo, puede quedar petrificado hoy, incluso en sus formas intelectualmente más ágiles, en una importante unilateralidad.”

“Hannah Arendt no se cierra en modo alguno frente a los cambios estructurales que ha experimentado la esfera de lo político. Se da cuenta de que la guerra, que es uno de los fenómenos más viejos, no es ninguna constante en las relaciones entre los pueblos; sabe que las confrontaciones bélicas no son ya las mismas desde que las revoluciones determinan las relaciones entre los pueblos. Guerra y revolución se han hecho dependientes la una de la otra; en la fase que vivimos de guerra civil mundial los límites entre guerra y revolución se difuminan con frecuencia hasta hacerse irreconocibles: Hoy mantienen la ventaja de aquellos que ‘entienden la revolución, mientras que aquellos que todavía confían en una política de poder en el sentido tradicional del término y, por consiguiente, en la guerra como último recurso de toda política exterior, es posible que en un futuro no muy remoto descubran que se han convertido en maestros de un arte más bien inútil y pasado de moda…’ La guerra de Vietnam puede considerarse como una sangrienta prueba de esto.”

“Sólo que el interés que manifiesta Hannah Arendt por el fenómeno de la revolución tiene sus peculiares limitaciones. Hannah Arendt entiende la revolución como la fundación de una constitución de la libertad, y por libertad entiende sencillamente la participación de los ciudadanos en los asuntos de una polis. Es decir, que Hannah Arendt se las arregla para situar el fenómeno de la revolución en el marco conceptual clásico de una rotación de las formas de Estado, disolviendo así el contexto que hace que las revoluciones del mundo moderno sean precisamente lo que son: una relación sistemática entre las conmociones políticas y la emancipación de una clase social. Naturalmente que Hannah Arendt no puede negar los hechos. Pero al peculiar entrelazamiento de la revolución con lo que en el vocabulario del siglo XIX, a la vez con distanciamiento burgués y con caritativa condescendencia, se llamó la ‘cuestión social’, lo convierte en criterio de la contaminación de un proceso político puro. La institucionalización de la libertad pública no debe quedar lastrada por los conflictos del trabajo social, y las cuestiones políticas no deben mezclarse con las cuestiones socioeconómicas. Así pensaba Aristóteles, sin duda, y así lo leemos todavía en los manuales de la vieja política. Pero para convencernos de que estos principios no solamente vienen santificados por la tradición, sino que son también los (pag. 201) que se conforman con la naturaleza humana, nuestra autora construye una historia de dos revoluciones: de una revolución buena y de una revolución mala.”

“La revolución buena tuvo lugar en América. Surgió de una  lucha por la libertad política y no de la pasión contra la explotación y la opresión social. Su resultado fue, por tanto, una constitución política provechosa y manejable. Por desgracia esa revolución cayó en el olvido. Y fue la revolución mala, es decir, la Revolución Francesa, la que se convirtió en modelo de todas las revoluciones posteriores. Esta revolución había lanzado desde el principio a las masas pauperizadas a la escena política y había convertido la lucha por la libertad política en una lucha de clases sociales. Su instrumento fue el terror y su resultado la contrarrevolución. El movimiento permanente de la desconfianza  no llegó a sosegarse en las instituciones de la libertad pública.” (pág. 202)

“… el mérito de este libro, que lleva a cabo una impecable confrontación del sueño americano del bienestar privado con el sueño jeffersoniano de la revolución americana: ‘En cualquier caso, Jefferson tuvo al menos un presentimiento de lo peligroso que podía ser conceder a la gente una participación en el poder público sin dotarla a la vez de otro espacio público que la urna electoral ni de otra ocasión de hacer oir su voz que el día de las elecciones. Se dio cuenta de que lo que constituía el peligro mortal para la república era que la constitución había dado todo el poder a los ciudadanos sin darles oportunidad de ser republicanos ni de actuar como ciudadanos. En otras palabras, el peligro estribaba en que se había dado a la gente todo el poder en su calidad de personas privadas sin dotarlas de ningún espacio público en su calidad de ciudadanos’. Y éste ya es un primer paso por encima de la revolución burguesa. Jefferson no hubiera podido darlo sin la inspiración del espíritu de la revolución que, más radical que en América, tenía el propósito de suscitar un nuevo orden para el Estado y para la sociedad a la vez, y que acabó después contentándose con el código de Napoléon.” (pág. 205, ‘11. Hannah Arendt’  en ‘Perfiles filosófico-políticos’ de Jürgen Habermas, editorial Taurus, versión castellana de Manuel Jiménez Redondo, traducido de la tercera edición alemana, aumentada, España 2000)

Tengo que reconocer que muy poco usaba las obras de Hannah Arendt en las clases que impartía sobre Ciencia Política o Teoría del Estado en las diferentes universidades donde enseñé dichos cursos, porque siempre consideré a dicha autora germana de la referencia, como muy ingenua y/o utópica en cuanto a la Filosofía política en general y a la ciencia política en especial y estrictamente hablando, y lo expreso sin ninguna pena, ni temor, ni cortapisa, muy a pesar de su gran calidad expositiva y argumentativa y la hondura filosófica que nadie pone en tela de juicio.

Hannah Arendt tiene conceptos teóricos muy bellos, poéticos y duros a manera de sellos arquetípicos de trabajo hipotético (también parecido método científico fue el de Max Weber, pero este sociólogo, historiador y economista también germano tuvo mayor suerte y acierto en sus enfoques y análisis) que lamentablemente sacados y transportados desde un contexto histórico-político muy lejano a nuestros días sufren de envejecimiento y esclerosis evidente y d

Y siempre me gustó como Jürgen Habermas advierte, señala y precisa los serios errores teóricos y filosóficos políticos de la reconocida discípula de Heidegger materia del presente envío, inclusive Habermas señala en algún momento que el discurso de Arendt deviene en ‘limitado’ y en ‘capricho’ y es que razón no le falta en modo alguno conforme sustentaremos.

Arendt se aferra a los conceptos teórico-políticos demasiados etéreos filosóficamente reconocidos del viejo Aristóteles y con ellos estudia a la REVOLUCIÓN y no tiene suerte ni en su discurso ni en sus demostraciones.

Para empezar, la guerra no es un concepto ni una práctica desusada y en camino hacia el desván de la historia, es todo lo contrario, y nuestro presente contexto histórico político internacional me da la razón absolutamente, y es que guerra con revolución ya no se ve, ni se escucha, ni se realiza, precisamente porque la guerra se ha profesionalizado e industrializado y tecnificado mientras que la REVOLUCIÓN ni se ha profesionalizado, ni industrializado, ni mucho menos se ha tecnificado, (a lo más se dogmatizó con el esfuerzo tonto y ciego del marxismo mundial con todas sus variantes, matices y pelajes).

La guerra le ha ganado la partida a la revolución, la guerra es parte proyectiva de la naturaleza humana, la revolución es un restallante instante de la emoción social de un sector efervescente y nutrido de la razón martillante con tesón y tensión en un largo lapso de tiempo acicateado por las condiciones económicas y sociales y políticas de dominio malsano, básicamente. La guerra es independiente casi siempre y casi expeditiva, mientras que la revolución viene atada, amarrada a una serie de condicionamientos poliédricos, donde que las buenas intenciones no son suficientes, ni la perversidad sola tampoco, para el estallido de la revolución social y política.

Y aquí aprovecho para discrepar con el mismo Jürgen Habermas cuando califica a la guerra como un ‘arte más bien inútil y pasado de moda’ cuando los hechos presentes demuestran todo lo contrario, la realidad se ha encargado de refutar al gran filósofo Habermas de nuestros días.

Y es que Arendt comete el error de anclar el concepto de Revolución a la Libertad pública como participación de los ciudadanos en los asuntos de la polis, craso y grave fallo, cuando en verdad de verdades eso nunca se ha verificado, siempre ha sido la cúpula victoriosa post-revolución la que ha detentado el poder y las masas románticas y efervescentes e impulsivas siempre quedaron fuera de ‘los asuntos de la polis’, y que la ‘rotación de las formas de Estado’ post-revolución solamente encubrieron el dominio de la nueva clase política ascendente, la República en forma y en esencia muy pocas veces se ha verificado en el mundo moderno y la historia lo grita así.

Por eso y mucho más se equivoca ingenua o excesivamente empapada de Aristóteles doña Hannah Arendt cuando raya o marca la cancha teórica al establecer una ‘Revolución buena y una mala’ eso fue un craso error y peor hito.

En ese sentido afirma Arendt que en América se dio la revolución ‘buena’, cuando contradictoriamente ella misma consigna a Jefferson precisando que las masas flamantemente ‘republicanas’ tuvieron libertades públicas pero sin preparación alguna como repúblicos sino inmovilizados como simples personas privadas, y que eso constituía un peligro, en tal virtud la americana fue la más mala de las revoluciones si nos atenemos a la afirmación jeffersoniana que consignamos en el presente envío y que contradice plena y frontalmente y de su mismo puño y letra a la misma Hannah Arendt.

Y tan equivocada está Arendt cuando afirma que la revolución americana surge de ‘una lucha por la libertad política’ cuando en verdad de verdades el tema fue estrictamente económico y tributario, el tema de las libertades políticas fue simplemente adjetivo ya que la esencia del problema y de la revolución americana era económico-tributario, tan es así que el general-granjero George Washington sufrió mil problemas para conformar ejército nativo. Los norteamericanos vivían felices de sus ancestros y dominio legítimo que ejercía sobre ellos Inglaterra y su monarquía, solamente rechinaron y se encresparon por el tema tributario y económico cuando se sintieron lo suficientemente fuertes comercial e industrialmente. Y también se equivoca Arendt cuando afirma que la revolución americana cayó en el olvido cuando es todo lo contrario hasta la fecha, ya que sigue siendo un modelo de República para muchos estudiosos y naciones y colectivos desde siempre.

Y sobre la revolución ‘mala’ francesa comete otro serio y perceptible error Arendt cuando dice que la lucha por la libertad política devino en lucha de clases sociales, cuando abundante material explica bien que el tema central de la revolución francesa fue el dominio despótico y de martirio económico contra las clases más pobres, el descrédito y falencia económica de la monarquía y la ambición de la burguesía por ascender posiciones sociales y económicas y la élite ilustrada que denunciaba el nuevo paraíso de los derechos políticos ingleses y la forma de gobierno republicana, es decir que fueron muchos factores desencadenantes, y el instrumento de dicha revolución francesa no fue el terror, porque el terror robespierriano fue solo un momento de la revolución y como salvaguarda interna de la propia cúpula dirigencial revolucionaria, el verdadero instrumento revolucionario fue el genio militar de Napoleón Bonaparte y sus victorias sobre los enemigos de la revolución francesa.

A propósito de los esfuerzos y muy por encima de la misma Hannah Arendt queda muy en claro que estamos frente a una filosofía política utópica sobre la libertad y la felicidad aristotélica aplicadas en y a nuestra historia contemporánea, cuando en verdad de verdad se evidencia y se manifiesta que ambas “revoluciones” americana y francesa, buena o mala han sido generadoras de “Repúblicas” sin contenido popular y ese es el tema que tenemos que replantear y profundizar y reincidir ahora: la REPÚBLICA para el siglo XXI pero con contenido y esencia y forma popular donde el privado se incorpore la vida pública como ciudadano y como repúblico de una vez por todas.

Lima, 17 de enero del 2014

Jaime Del Castillo Jaramillo

Abogado egresado de la U.N.M.S.M. con más de 20 años de ejercicio profesional y cuenta con estudio jurídico abierto; politólogo con más de 20 años de ejercicio profesional; periodista, fundador y director del programa radial y televisivo ‘Yo, Sí Opino’ (censurado en TV y cerrado cinco veces en radio); Maestría en Ciencia Política con la tesis “Pensamiento Político peruano insuficiente y epidérmico causa de nuestro subdesarrollo político”; Post Grado internacional en Ciencia Política otorgado por la UCES - Universidad Ciencias Empresariales y Sociales de Buenos Aires-Argentina graduado con la tesis: “Crisis terminal de los Partidos Políticos en el Perú”; catedrático universitario de ‘Historia del Pensamiento Político”, “Filosofía Política”, “Metodología de la investigación en Ciencia Política”, “Realidad Nacional”; “Análisis Político”, “Ciencia Política”, etc.; blogger, comunicador social, articulista y conferencista.
Fundador, ideólogo y Presidente de “Foro Republicano”
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