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jueves, 4 de septiembre de 2014

Sufragio universal no es democracia y democracia capitalista no es República: la gran lección de la historia que aún no se aprende. El capitalismo e industrialismo europeo del siglo XIX constituyó absolutismos parlamentarios o totalitarismos capitalistas jurídico-constitucionales de primera fase










Sufragio universal no es democracia y democracia capitalista no es República: la gran lección de la historia que aún no se aprende. El capitalismo e industrialismo europeo del siglo XIX constituyó absolutismos parlamentarios o totalitarismos capitalistas jurídico-constitucionales de primera fase



Como se conoce bien, la economía a fines del siglo XVIII se basaba en la agricultura y el comercio, no había industrialización en modo alguno, a lo más, productos artesanales, pero en muy baja fabricación y oferta. Las magras producciones artesanales se hacían en los domicilios, no había fábricas ni talleres de producción a granel. Esta forma económica cerrada de producción, cambiaría radicalmente en el último tercio del siglo XVIII, y fue nuevamente Inglaterra la que lideraría el cambio revolucionario económico de gran impacto universal.


Inglaterra a fines del siglo XVIII: con sus racionales, astutos y gloriosos capitalistas, ahora amos y señores del Parlamento, y de todo el sistema político, y sin oposición alguna; y, que dominaban a la monarquía; legal, militar y políticamente sometida. Pues, el Capitalismo inglés con su parlamento todopoderoso, constituyó totalitarismo capitalista jurídico-constitucional de primera fase: el parlamento capitalista, designaba a su propio primer ministro, para constituir su propio poder ejecutivo, que por cierto, no controlaba, ni regulaba, ni fiscalizaba, las actividades económicas y financieras y comerciales, del dominante capitalista amo y señor; el parlamento capitalista fijaba sus propias leyes según su conveniencia y necesidad; y, como no podía ser de otra manera, con su poderosa marina mercante y con las fuerzas armadas a su disposición plenamente, se expandieron ultramar y conquistaron y ocuparon y explotaron todo lo que encontraron explotable, y obtuvieron riquísimos nuevos mercados como en Asia, América y África: Y así tenemos, al Imperio colonial inglés, con la hipócrita y falaz teoría política lockeana de los ‘Derechos Civiles’, que no era otra cosa que: la ‘República Plutocrática y esclavista’ ahora imperialista con mano de hierro y faltriqueras liberales felices.


Este modelo de régimen político, nacido en Inglaterra, --líder del capitalismo y luego del industrialismo universal, dizque ‘liberal’--, será difundido y aplicado en la Europa capitalista, y petrificado y amarrado y anclado a, y en, las constituciones políticas, en algunos casos con sufragio censitario: que era el dominio político descarado, y jurídico-constitucional del capitalista, y simultáneamente, el apartamiento de todo poder político y muy al contrario, sometimiento absoluto del pueblo; y, en otros casos, con la ilusión romántica y ‘nacionalista’ del sufragio universal, que era otra forma de estafa y sometimiento del pueblo, vía el poder político con anclaje jurídico-constitucional al embudo político por antonomasia, como era, y es, el parlamento, que como lo hemos desarrollado, es el arma fundamental y por antonomasia del capitalismo dominante: No se puede confundir sufragio universal con democracia y democracia capitalista con República, esa es la gran lección de la historia, que hasta hoy no se asimila, ni se aprende.


Y en el siglo XIX, el capitalismo y el industrialismo inglés, se regirán protegidos por su sistema absolutista parlamentario, y en general, la alta burguesía y el gran capital europeo, se blindarían y salvaguardarían con sus regímenes políticos, que eran en última instancia totalitarismos capitalistas de primera fase (los totalitarismos de segunda fase se dan después de la segunda guerra mundial) de rango jurídico-constitucional, donde se aparentaba brindar ‘libertades y derechos’ jurídica y constitucionalmente, pero en la realidad, reinaba la explotación, el abuso, el sometimiento y la violencia y la injusticia social insoportable contra las grandes masas desposeídas o el denominado ‘pueblo’. Sufragio universal no es democracia y democracia capitalista no es República: la gran lección de la historia que aún no se aprende.


El poderoso y paradigmático capitalismo inglés, en lo económico, y su absolutismo parlamentario en lo político, dieron toda la confianza a los capitalistas imperiales, para avanzar agresiva y despiadadamente, conquistando, invadiendo, y produciendo a gran escala, para hacer más y más y más riquezas sin fin. Repetimos: Sufragio universal no es democracia y democracia capitalista no es República, es la gran lección de la historia, que aún no se aprende. El capitalismo e industrialismo europeo del siglo XIX constituyó absolutismos parlamentarios o totalitarismos capitalistas jurídico-constitucionales de primera fase


Fueron los inventores entonces, peritos personajes avocados a crear tecnologías innovativas y útiles para el capitalista ávido de riquezas, y dispuesto a pagar por los inventos. Y los inventos, fueron aparatos necesarios, apreciados y útiles, que podían  hacer producir más rápido que la mano artesanal lenta; las máquinas inventadas generaban rapidez de producción que anhelaba el capitalista industrial, porque la demanda era fuerte y constante; las máquinas también eran necesarias y muy valoradas, porque reducían costos, y con ello aumentaban las ganancias del capitalista industrial, y simultáneamente destruían a la competencia comercial internacional.


Recordemos solamente que, en 1733 un humilde relojero inventó la máquina de tejer, que redujo a la mitad, el tiempo que se aplicaba para hacer una pieza de tela: John Kay. Y de ese invento, se pasó al otro, mediante el cual: un solo obrero podía hacer el trabajo de ocho hilanderas a la vez, era la máquina del nuevo sistema de hilado. Fue James Watt (1736-1819) la estrella de los inventores, ya que provocó la revolución técnica, formidable para el capitalismo industrial en 1769, cuando inventó la máquina movida por el vapor, que inmediatamente fue aplicada a los imparables telares y a los refinados husos textiles y al potente ferrocarril.


Con estos inventos y maquinarias, y con el brío e impulso del capitalismo industrial conquistador de grandes mercados, fue que se necesitó habilitar las FÁBRICAS, que eran instalaciones inmensas, solamente para producción industrial a gran escala, donde se concentrarían máquinas y trabajadores; obreros y peones y maquinaria, casi todo el día, solamente para producir y producir y producir, para el capitalista ávido de ganancias, y utilidades grandes y rápidas.


El impacto del industrialismo fue muy posesivo, potente y seductor para el campesino pobre y hambriento, --que venía siendo despojado de sus tierras, ya que el capitalista necesitaba expandirse mucho más--. La mano de obra resultó abundante y barata, y eso favoreció mucho más al ambicioso e impío capitalismo, ya que miles de campesinos famélicos dejaron sus campos y se mudaron a las ciudades, con la ilusión de poder trabajar en las inmensas fábricas y factorías y talleres, que florecieron como hongos con el industrialismo inglés.


Como no podía ser de otra forma, el hierro y el carbón fueron los insumos valiosos para la fabricación de la nueva maquinaria capitalista, por lo tanto la minería y la metalurgia crecieron y se consolidaron rápidamente, concentrando a miles de operarios y obreros. Aparece el ferrocarril con motor a vapor para 1825, cual poderoso e imparable caballo de hierro, que recorrerá el mundo, devorando distancias y enlazando los mercados, tan buscados y apreciados.


Las nuevas ciudades industriales del mundo, vieron nacer un nuevo actor laboral y agente social y económico: el obrero o el proletariado. Gente pobre que vivía solamente de su magro salario, en miseria rampante, explotado hasta su desfallecimiento, sin beneficios sociales, en viviendas precarias e indignas, sin seguro social, sin nada que los ampare de nada, estaban a expensa de su empleador, el impío y avaro capitalista industrial.


La ciencia de la historia ha probado plenamente que, los obreros del naciente industrialismo, eran explotados inhumana y salvajemente, trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer, y eran pagados con salarios miserables, hasta el extremo que sus familias morían de hambre, y tenían que mendigar, las esposas y las hijas tenían que prostituirse, y los menores hijos tenían que ser llevados a los orfelinatos. Pero los orfelinatos, en verdad, eran cárceles del horror y de la vejación absoluta, contra los menores hijos de familias pobres obreras, está probado que estos orfelinatos entregaban a los niños, a los inclementes capitalistas industriales, para que trabajen en situación de maldita esclavitud en las fábricas y socavones.


Leamos un documento de la ciencia histórica, que relata el testimonio de un niño de doce años de la época:

“No tengo más ropa que la de mi trabajo: algunos pantalones y una chaqueta rota … Arrastro las vagonetas bajo tierra a lo largo de media legua, ida y vuelta. Las arrastro durante once horas diarias con la ayuda de una cadena atada a mi cintura. Las heridas que tengo en la cabeza me las he hecho descargando vagonetas. Los hombres del equipo, al que estoy atado trabajan desnudos, salvo un casco en la cabeza. Algunas veces, cuando no voy rápido, me golpean.”


El capitalismo industrial en Inglaterra caminaba sobre su propia mesa servida: en lo económico, político, cultural y social, sin tropiezos y a grandes trancos, con las grandes mayorías populares (o el pueblo mismo) explotadas, ignorantes y desamparadas absolutamente. El avance arrollador del capitalismo inglés, creó un sistema político absolutista o totalitario parlamentario sin oposición alguna.


Francia demostró al mundo, en el campo filosófico-político, que su revolución de trascendencia universal, --y que tuvo su hora de gloria en la espada y en la mentalidad política y estratégica de Napoleón Bonaparte--, no fue burguesa o capitalista (ni menos industrial) esencialmente, la revolución francesa de 1789 fue la lucha agónica, sangrienta y continental, de y por: la búsqueda de la Felicidad (los teóricos de esa postura fueron Montesquieu, Voltaire, Rousseau como lo explicamos en otro trabajo) versus la reacción monárquica parasitaria, y luego también, contra el capitalismo emergente inglés de régimen parlamentario, y sus aliados; y ambos, significaban la injusticia social, la tiranía, la discriminación y el abuso insoportable de todo tipo y rubro. Y tan esto es cierto, que cuando cae Napoleón Bonaparte, los capitalistas o la alta burguesía industrial o comercial no se queda en el poder central. Regresa inmediatamente, la reacción monárquica y la tiranía, y queda una gran lección: la felicidad, no se gana con leyes y constituciones políticas (por más bellas palabras y declaraciones poéticas que contengan), sino con pólvora, harta sangre vertida en la lucha, y con cerebros y voluntades dispuestos a la grandeza.


Napoleón Bonaparte demostró que la felicidad, --postulada en la insigne teoría-política de su tiempo--, se logra y alcanza y se gana, con todo el pueblo explotado, con todo el pueblo sometido y sin excepciones (pequeños burgueses, comerciantes, negociantes, estudiantes, capitalistas, campesinos, militares, obreros o proletarios, artesanos, etc.), con cañones y con estrategia militar, y con leyes que se puedan cumplir y ejecutar sin remilgos, es decir, con recursos efectivos, y con potencia de destrucción y sometimiento, esa lección napoleónica-republicana nunca la asumirían los posteriores teóricos e ideólogos de los explotados obreros o proletarios, sean los ‘socialistas utópicos’ o los ‘socialistas científicos’ o marxistas de todo tipo y clase.


Como se sabe, venció la alianza continental monárquica, reaccionaria y parasitaria, y aliada del capitalismo inglés emergente, y blindado con su absolutismo o totalitarismo parlamentario. Y Francia regresó al régimen monárquico absolutista con Luis XVIII (1814-1824) y Carlos X (1824-1830) y obviamente, la constitución política revolucionaria jacobina se fue al tacho de basura, y nuevamente la nobleza y el clero impusieron su régimen de tiranía, de discriminación y de prerrogativas odiosas.


No sólo eso, la tiranía monárquica reaccionaria francesa (apoyada por el capitalismo inglés parlamentario) impuso el terrorismo blanco: y eso significa que el terror blanco monárquico persiguió a todos los que notablemente habían impulsado la Revolución Francesa, o a los que defendían a la República y a Napoleón Bonaparte, recordemos que se fusilaron a diecinueve generales bonapartistas, --previo juicio sumarísimo, y sin derecho de apelación--, y muchos más sufrieron dicho abuso y revancha, ostensiblemente cobarde y sangrienta, insoportablemente tiránica y monárquica, y para ello se crearon tenebrosos y más que parcializados tribunales especiales.


La reacción monárquica francesa se volvió totalitaria (como era su tendencia y naturaleza), --(y siempre apoyada por el capitalismo inglés parlamentario)--, y para ello se sella la alianza entre la Iglesia y el Estado monárquico, y en ese contexto la Iglesia Católica toma las universidades, y las controlan absolutamente, crean comités obispales para controlar a los profesores y catedráticos; demás está recordar que hubo férrea censura de prensa, y el recio régimen policíaco monárquico, reprimía cualquier mínimo brote de protesta o queja. Sin embargo los ‘liberales’ siempre se daban maña para seguir luchando contra tamaño totalitarismo monárquico reaccionario, macabro y siniestro.


En este punto de la historia, nuevamente el capitalismo francés levanta cabeza, y se da cuenta que con ambigüedades e hipocresías y sin estabilidad política y social, no va a poder lograr grandes ganancias y utilidades, como lo venía haciendo el capitalismo inglés y su totalitarismo parlamentario. Y es así, como la fórmula ganadora del gran estratega Napoleón Bonaparte vuelve a funcionar espléndidamente, cuando los franceses se enfrentaron cara a cara y en la plazas, calles y avenidas, en contra de la monarquía reaccionaria totalitaria: Alta burguesía, banqueros, comerciantes, industriales, intelectuales, clase media, trabajadores, estudiantes, etc., se unieron nuevamente contra la reacción monárquica totalitaria y terrorista, y embistieron unidos y con todo, como si se les fuera la vida en ello, y triunfaron.


Y en el mes de julio entre el 27 al 29 (los ‘tres soles de julio’), de 1830, el capitalismo francés en alianza con el pueblo en general, arrojaron del poder al totalitario monarca Carlos X, con toda furia, ira, indignación y odio, es decir, estalló la revolución en París: bulliciosa, violenta, conmovedora y callejera, se levantaron las célebres barricadas revolucionarias. Los gritos del pueblo decían: “¡Viva la libertad! ¡Abajo los borbones!”.


Y es un inolvidable e histórico momento, cuando el ejército del rey, se negó a reprimir y masacrar al pueblo francés en las calles, siendo que los revolucionarios, ya habían asaltado armerías, y tenían milicias armadas dispuestas a morir peleando contra el totalitarismo reaccionario monárquico. Los militares franceses estaban muy resentidos, con el maltrato y muerte cobarde en contra de sus íconos e ídolos castrenses, que hicieron historia con el genio universal Napoleón Bonaparte, las ideas republicanas habían calado muy hondo en la mentalidad militar y fácil era ganarlos para la causa revolucionaria.


El reaccionario y perverso rey Carlos X, tuvo que abdicar y se marchó de Francia. En los tres días siguientes, los revolucionarios entregaron el poder a un noble de ideas progresistas: Luis Felipe de Orleans (quien gobernaría hasta 1848). Se instaura así, el régimen monárquico constitucional parlamentario francés, (parecido al inglés), y como no podía ser de otra manera, los capitalistas franceses impusieron sus normas que los protegiesen y blindasen, se restablecieron las libertades políticas y la libertad de prensa de inmediato, pero la trampa burguesa, o del capitalismo dominante, estaba en que solamente podían votar y elegir, los que tenían propiedades inmuebles, es decir se impuso el sufragio censitario, y por lo tanto, nuevamente, las grandes mayorías explotadas y dolientes, seguían excluidas del poder político, y esta estafa y engaño fue el combustible para una nueva y pronta revolución francesa.


La revolución francesa de 1830 tuvo repercusiones en importantes ciudades europeas, la lucha en general era contra la injusticia social, la tiranía y el totalitarismo monárquico. Por ejemplo en Francfort, la réplica fue en 1833 e impulsada por estudiantes; en Bruselas estalló el 25 de agosto de 1830; en Parma, Módena y Romagna (Italia) fue en febrero de 1831; en Brunswick fue el 7 de noviembre de 1830; en Leipzig y Varsovia en noviembre de 1830; en Dresde en setiembre de 1830.


Poco tiempo pasó, para que fracase la revolución francesa de 1830; y renazca, otra revolución en París: la de 1848.  Y es que la clase media y el pueblo en general, seguía siendo burlado y estafado por la alta burguesía y capitalismo francés, que tomó el poder al estilo inglés: con un parlamento bajo su dominio, y con un noble sometido y en el poder, pero formalmente nada más y a los pies de sus mentores los capitalistas franceses, que se aseguraron que las mayorías nacionales o el pueblo, no tengan forma de intervenir y poner en problemas a la clase dominante; y,  sobre todo, se aseguraron que el pueblo no pueda controlar, regular y fiscalizar jurídica y constitucionalmente, las acciones y enriquecimiento del capitalismo, pero Francia no es Inglaterra y sobrevino la revolución de 1848, que también tuvo gran trascendencia universal.


El tema político, o el punto clave de la agenda central revolucionaria parisina aglutinante, fue el SUFRAGIO UNIVERSAL, --que en esos tiempos daba la ilusión de ‘Democracia’--, recordemos que lo que se había impuesto astutamente por los financistas de la revolución de 1830, fue el sufragio censitario, y entonces, solamente votaban los que tenían propiedades, es decir, era un régimen capitalista a secas. El pueblo francés entonces, --y para la revolución de 1848--, quería sufragio universal, para poder tener acceso y manejo de las palancas centrales del poder total. Era la ilusión de la ‘Democracia’, entendida como manejo del poder central permanentemente por parte del pueblo, y no solamente como feriado electoral de 24 horas en los sufragios, y nada más, como sucede hoy en día.


Y, en esa coyuntura crítica y álgida, pesó la mala administración en y del gobierno de Luis Felipe de Orleans: recordemos que los obreros, --como era de suponerse-- no obtuvieron ningún beneficio; y se recortaron al poco tiempo, las libertades públicas; y se descubrió además, corrupción política grave en la administración monárquica totalitaria.


Recordemos que, en esa coyuntura de 1845, acaecieron malas cosechas, y las papas y cereales obtuvieron precios altos, --golpeando duramente los hogares de los más pobres--, la crisis económica afectó a toda Europa, y se cerraron fábricas y empresas, se  verificaron paros obreros masivos, y se generalizó el hambre que martirizaba a los más pobres. Se tornó espantosa la situación política y económica, previa a la revolución de 1848.


Fue en esa coyuntura, que el 21 de febrero de 1848 en París, se dio una gran manifestación popular, integrada por obreros, estudiantes y miembros de la clase media, que tomaron las calles con arengas y peticiones, y la policía se negó a disparar a los manifestantes,  y dos días después de agitadas, bulliciosas y violentas luchas, caía Luis Felipe de Orleans abdicando de su poder, y de inmediato se proclamó la República y se constituyó nuevo gobierno, que llevaba en su seno por primera vez en la historia, a dos obreros.


Leamos al famoso historiador francés Alexis de Tocqueville, describir la revolución de 1848 en los siguientes términos:

“Lo que la distingue de todas las otras… es que no tiene por objeto cambiar la forma de gobierno, sino alterar el orden de la sociedad.” (‘Barricada en París en 1848’)


En verdad, la revolución de 1848, fue la alianza en contra de la alta burguesía francesa, fue, en suma, en contra del capitalismo dominante parlamentario, que negaba el acceso al poder al pueblo, en la vía jurídica-constitucional, querían sufragio universal: obreros, artesanos, estudiantes, profesionales, comerciantes, etc.; en suma, en esta oportunidad, se unieron los trabajadores con la clase media, es decir, se unió el brazo fuerte y el cerebro, se unieron y triunfaron para hacer valer el sufragio universal. La gran ilusión era que el pueblo pueda gobernar por sí y para sí mismo. Y confundieron sufragio universal con democracia y democracia capitalista con República, y otra vez sufrirían: grave frustración y decepción, que quedó plasmada en la historia y que nosotros debemos reevaluar y sopesar nuevamente.


Leamos a Georges Sand como nos grafica a la revolución de 1848:

“La calle, la plaza pública; por ahí circula la vida de Francia en este momento… El tambor que suena, los voceadores que pasean con sus periódicos, los niños que piden farolillos, la Guardia Móvil que pasa. Y están además las delegaciones, las ceremonias, los sacerdotes, los soldados, los italianos y polacos que se permiten cantar en nuestras calles la ‘Marsellesa’ de sus países… Vienen obreros mezclados con estudiantes, delegados de todas las escuelas, miembros de todas las corporaciones; la bata, el uniforme militar, el traje burgués, la chaqueta, se confunden; los brazos entrelazados proclaman la confraternización… ¿Quiénes son esos robustos trabajadores que avanzan coronados de hojas, con el pico, la laya o el hacha bajo el brazo a modo de fusil? Son los empedradores, los terraplenadores o los leñadores. Tras ellos, otros cincuenta más llevan con ligereza sobre sus espaldas un pino enorme; es el árbol de la libertad, ¡el símbolo de la República que pasa!”


Como hubo mucho romanticismo e ilusión políticas, la alianza entre los obreros y la clase media duró muy poco: los obreros exigieron mucho y la clase media se asustó, y creyendo ver en peligro sus propiedades, la clase media se separa de los obreros, y hace alianza nuevamente con la alta burguesía o capitalismo francés. Por lo tanto, salieron los obreros ministros del poder central oficial, y nuevamente, teníamos más ilusión y romanticismo políticos: Se consiguió el anhelado SUFRAGIO UNIVERSAL, con parlamento, con libertades políticas, pero, como siempre: el capitalismo seguía siendo el amo y señor de la cosa pública; y con ello se demuestra pues, --en forma histórica y científica--, lo que advertimos: No se puede confundir sufragio universal con democracia y democracia capitalista con República.


Y esta lección de la historia, parece que no se aprende o no se quiere aprender, recordemos que la revolución de 1848, que estalló en París el 03 de febrero de 1848, llegó a otros países, --Berlín el 18 de marzo de 1848; Praga el 2 de junio de 1848; Cracovia el 26 de abril de 1848; Viena el 13 de marzo de 1848; Budapest el 15 de marzo de 1848; Venecia el 17 de marzo de 1848; Milán el 18 de marzo de 1848; Florencia el 19 de febrero; Roma en febrero de 1849--, pero la decepción y la frustración fue la misma: No se puede confundir sufragio universal con democracia y democracia capitalista con República.


Recordemos a la princesa de Metternich como describe en su diario la revolución de 1848 en Viena:

“Los estudiantes se juntaron entre aclamaciones. Un joven… gritaba…: ‘¡Que se nos conceda lo que el espíritu del tiempo… pide, la libertad de prensa…, justicia a plena luz…, la libertad de pensar!.’


Puro romanticismo e ilusión políticas: Sufragio universal no es democracia y democracia capitalista no es República, esa es la gran lección de la historia que aún no se aprende. El capitalismo e industrialismo europeo del siglo XIX constituyó absolutismos parlamentarios o totalitarismos capitalistas jurídico-constitucionales de primera fase. Y luego de la IIGM el capitalismo  continuarían con su dominio,  en una segunda y tercera fase, a pesar del iluso, torpe, dogmático y sangriento marxismo, y marxismo leninismo.

Lima, 04 de setiembre del 2014

Jaime Del Castillo Jaramillo

Abogado egresado de la U.N.M.S.M. con más de 20 años de ejercicio profesional y cuenta con estudio jurídico abierto; politólogo con más de 20 años de ejercicio profesional; periodista, fundador y director del programa radial y televisivo ‘Yo, Sí Opino’ (censurado en TV y cerrado cinco veces en radio); Maestría en Ciencia Política con la tesis “Pensamiento Político peruano insuficiente y epidérmico causa de nuestro subdesarrollo político”; Post Grado internacional en Ciencia Política otorgado por la UCES – Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales de Buenos Aires-Argentina graduado con la tesis: “Crisis terminal de los Partidos Políticos en el Perú”; catedrático universitario de ‘Historia del Pensamiento Político”, “Filosofía Política”, “Metodología de la investigación en Ciencia Política”, “Realidad Nacional”; “Análisis Político”, “Ciencia Política”, etc.; blogger, comunicador social, articulista y conferencista.
Fundador, ideólogo y Presidente de “Foro Republicano”
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@jaimedelcastill
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